martes, 22 de agosto de 2017

Peter Handke, jukebox de espacios vacíos




Cuando atravieso España en coche a través de espacios enormes donde apenas hay nada, pienso en Peter Handke y lo mucho que le atrae esta circunstancia hasta tal punto que en un extravío absoluto como viajero recaló en varios lugares entre 1988 y 1990 como Linares donde escribió" Ensayo sobre el cansancio" y en Soria "Ensayo sobre el jukebox", otros puntos de su devenir se sitúan por ejemplo en Gredos, Yuste, Las Tablas de Daimiel o Llivia. El propio autor apunta que escribir es un viaje nocturno durante el cual las palabras, las frases y los párrafos producen luz.

En mis años más jóvenes su libro Cuando desear todavía era útil publicado en 1978 por Tusquets en su colección Marginales me atraía tanto en los entornos de sus textos como las fotografías efectuadas por el mismo incluidas en el libro, monocromías en espacios vacíos difuminados que parecían encerrar secretos tecnológicos. El otro gran descubrimiento será su melodía del lenguaje, una musicalidad, que como el apunta, nace con tristeza y añoranza.






 


¡Cuán agudo chirriaba
el aire!
Y entonces
de pronto
muy cerca de la ventana
entre el clamor de los pájaros un silbido grave
una melodía de juke-box
¡Un hombre! pensé
deletreándolo de miedo mortal
y me retorcí abrasándome
sin moverme
!Aquel fantasmagórico monstruo 
que debe ser asesinado
a la luz deshabitada del alba...!
Bocanadas de miedo ascendían
por la escalera del sótano
y el hombre razonable que hay en mí
escuchó: 
la melodía se repetía
se repetía
"ningún pájaro canta tan monótono
lo inmatérico pretende burlarse de mí
ríe sarcástico
con labios negros como el carbón"
pensé yo
La luz al parpadear tenía el color de la época
en que todavía creía en el infierno
y el monstruo pifiante agitaba 
en silencio las muñecas frente a la ventana.
(Als das Wünschen noch geholfen hat. 1974)








El SIMPOSIO SOBRE RUIDO Y RUIDOS, más o menos molestos, iba a tener lugar en un centro de congresos, en la estepa española, al pie del cerro circular sobre el que, en la época prerromana, había estado Numancia. Por lo demás, en los alrededores, ninguna población, sólo tres casas de campo abandonadas desde hacía tiempo. La carretera que llevaba al centro era una simple pista para jeeps. Luego ni rastro de un "centro". (...)

Una vez más estaban también de acuerdo en que, por las razones que fuera, el ruido más suave podía asaltarle a uno como si fuera una turbamulta, y en que, a veces, incluso el silencio podía hincharse hasta convertirse en un tumulto del cual uno quisiera huir para refugiarse en un estrépito real. Del mismo modo como uno podría librarse de determinadas imágenes, incluso después de estar lejos de ellas en el tiempo y en el espacio, lo mismo ocurría que uno había vivido como algo maligno y hostil; una vez enmudecido en el exterior, el ruido que uno había vivido como algo desagradable y hostil seguía resonando por dentro. Uno ya no realizaba el silencio. El barullo que había durado todo el día seguía zumbando por la noche en sueños. El chirriar de metal contra metal le perseguía a uno metiéndose en el desierto. "El traqueteo, los chillidos, las explosiones, los canturreos, el griterío no cesa", cantaba el músico ambulante, "un absoluto deficiente auditivo"-éstas eran sus palabras en la fiesta de despedida, la noche del tercer día-,"el ruido se come mi amor"
(La noche del Morava)

jueves, 10 de agosto de 2017

Los rubescentes estrépitos de La Criolla



                                      Interior de La Criolla. Foto: Gabriel Casas i Galobardes


Cuando la Sala Moog abrió las puertas en 1996 pocos de sus nuevos clientes parecían saber que en ese mismo enclave de Barcelona estuvo durante casi nueve décadas la sala de fiestas y tablao flamenco Villa Rosa, los asiduos del local llegaban a él atravesando poco antes el Arc del Teatre, antesala del Barrio Chino y entre ellos un captador de los bajos fondos como Marc Almond o Amanda Lear en pasadas transformaciones. Aún más costaría imaginar a los nuevos asiduos del club que sesenta años antes a escasa distancia La Criolla iba a marcar una trangresión de desenfreno nocturno que también incluía una eufórica ambientación musical como nos narra Paco Villar en su libro sobre La Criolla:

"Tanto en su escenografía como en su funcionamiento, La Criolla presentaba elementos novedosos que la distinguían de cualquier otro local. Los bajos de una antigua fábrica, decorados con escenas tropicales estridentes y llamativas, ya constituía por sí toda una declaración de intenciones y más todavía si se anunciaba con un enorme rótulo alumbrado con luz de neón que teñía toda la callle del Cid de un tono rojizo. Ni se tocaba ni se bailaba como en los demás sitios. Una orquestina interpretaba las melodías más en boga del momento, entre ellas tangos y jazz, pero de forma más estridente y sobre todo más rápida de lo normal. Y unos bailarines ansiosos por moverse llenaban una pista central iluminada con focos y combinaciones de luces de colores que distorsionaban la realidad. La orquesta se alternaba con una gramola eléctrica conectada a unos potentes altavoces, por lo que puede ser considerado el primer establecimiento de Barcelona donde se bailó con discos y, por tanto un claro precedente de las discotecas. La Criolla irradiaba modernidad.

En este excelente libro de Paco Villar recogen multitud de crónicas que reflejan el cosmopolitismo nocturno del lugar entre las que no pueden faltar las de Sebastià Gasch pero en esta ocasión recojo una del periodista Josep María Planes que hace  hincapié como la anterior en el aspecto musical:

"Un pequeño estrado da cobijo a la orquesta y la protege de las olas que forma el mar enfurecido de la clientela. Esta orquesta toca la música más estruendosa que hemos oído en nuestra vida; cuando la trompeta y el corneta se dicen "ahora viene la mía", hasta las palmeras tiemblan y las botellas del mostrador hacen tring tring. Cuando los músicos se detienen, la mecánica que hay escondida detrás de la pared de enfrente empieza a hacer de las suyas, Parece que hay instalado un aparato de esos que llaman "Parlophone". El hecho es que por dos agujeros protegidos por una tela metálica se oye una música literalmente monstruosa: discos de gramófono con el sonido ampliado hasta el infinito. La voz de Irusta por ejemplo, una vez pasada por toda aquella complicación eléctrica adquiere las proporciones de algo de otro mundo".

Tanto La Criolla cuya actividad comenzó en 1926 como el cercano Cal Sagristá evocaban un ambiente habitual de los bajos fondos de muchos puertos especialmente mediterráneos como Marsella, llenos de marineros, delincuentes y prostitutas, huidos de la justicia o personajes anárquicos y absolutamente transgresores para la época como el llamado Flor de Otoño. Un ambiente plasmado por visitantes y habitantes ocasionales de la zona como Pierre Mac Orlan en "La tradition de minuit", Jean Genet en "Diario de un ladrón" o George Bataille a través de "El azul del cielo". Desde otra óptica Josep María de Segarra en su obra Vida Privada nos narra un hecho habitual como eran las visitas curiosas de la alta burguesía a estos lugares que consideraban pintorescos e inquietantes, no olvidemos que el Liceo estaba muy próximo, he aquí un expresionista párrafo extraído de nuevo del libro La Criolla, la puerta dorada del barrio chino de Paco Villar:

"En un momento dado cambió la luz del establecimiento, y comenzó un juego de luces especiales: un amarillo de ácido pícrico, un azul metileno, un rojo de permanganato; todos los colores resultaban 
escandalosamente farmaceúticos y de clínica de enfermadades venéreas. Con estas luces químicas 
adquiriría repulsivo la parte turbia del establecimiento. Ciertas caras ofrecían una inexpresividad aterradora, traían a la mente ideas del patíbulo, de manicomio, de ficha antropométrica."


                                   Interior de La Criolla. Foto: Josep María Segarra i Plana


    Exteriores de La Criolla. Fotos de Gabriel Casas i Galobardes y Josep María Segarra i Plana


Interior de Casa Sacristán rebautizado como Wu Li Chang. Fotos:Josep María Segarra i Plana y Brangulí

             
                                           Baile en la Criolla, dibujo de Oleguer Junyent

Dibujo del pintor Esteban Vicente en el album de invitados


Esplendor y final de La Criolla que fue destruída tras un bombardeo de la aviación italiana durante la Guerra Civil en 1938. Foto superior Gabriel Casas i Galobardes, inferior de Brangulí extraída del blog No te quejarás por las flores que te he traído, altamente recomendable para quien quiera profundizar más en el lugar.