miércoles, 29 de agosto de 2018

Víctor Nubla La ciencia a la luz del misterio



Tras adquirir una silla de playa descubro por primera vez el placer de leer en ella pegado a la orilla. El día declina en la antesala de la lluvia de estrellas de las Perseidas pero aún tengo luz suficiente para comenzar el último libro de Víctor Nubla "La ciencia a la luz del misterio" en cuyas primeras líneas ante el deleite de una contemplación del firmamento estrellado constata que no hay tiempo real, una experiencia concomitante con el título del libro en que la ciencia afortunadamente no tiene como objetivo curarnos del misterio, sino vivificarla a través de la observación, revelación y pensamiento del autor.

A través simplemente de una velada con invitados, Víctor propone en la experiencia de la escucha musical un balance de documentación y exaltación narrativa. Significa que en ella podemos viajar en el tiempo trazando cartografías sonoras ambientadas por Archie Shepp, Frederic Mompou o Gavin Bryars, discos de referencia en que los mecanismos cerebrales subyacen en la emoción y el recuerdo, idóneos para sus invitados. Sin embargo previamente mientras prepara un marmitako sus pensamientos se dirigen a la posibilidad de la existencia de sonidos accidentales algo que es corroborado con el invento del fonoautógrafo de Scott de Martinville, un poco similar al posterior de Edison pero con la particularidad de poder recoger la vibración del sonido y plasmarlo en un papel tintado. Otros ejemplos de sonidos aún más primigenios podían encontrarse en la rotación de las vasijas de barro investigado con aínco los últimos años en el campo de la arqueoacústica.



           El fonoautógrafo de de Scott de Martinville, patentado en 1857 y dos de sus grabados



Frederic Mompou Música  Callada



Au Claire de la Lune, primara grabación registrada en 1860.

miércoles, 15 de agosto de 2018

Comprando el New Musical Express


                         Mis dos primeros ejemplares del New Musical Express, Octubre 1977

Hace pocos meses que el semanario New Musical Express ha dejado de editarse en papel después de una larga trayectoria que se remonta a su creación en 1952. Desde entonces siempre tuvo una feroz competencia con el Melody Maker hasta que en la mitad de los setenta se tuvo el acierto de incluir nuevos periodistas de la prensa underground como Nick Kent, Charles Shaar Murray o Mick Farren, ellos eran excelentes oteadores del tránsito del glam al punk o de las mutaciones del rock progresivo, aunqué quizá el momento más álgido coincidiría con el post punk de los últimos setenta con firmas como Paul Morley o Ian Penman, cuyas crónicas podían derivar hacia otras comparativas artísiticas rozando en algunas ocasiones el ensayo literario. La experimentación electrónica estaba cubierta por Andy Gill o Chris Bohn, este último tuvo además un inusitado interés en aquellos tiempos en explorar toda la música que se estaba generando en la Europa continental incluyendo los países del este. Todo ello hace del periódico un testigo de una altísimo voltaje musical lleno de riesgo (Mark Stewart de Pop Group protagoniza una portada entera sin haber todavía haber registrado ningún disco) y modernidad, a lo que no es ajeno los diseños de Berney Bubbles, con un punto focal en la llegada inminente de 1980, principio de una nueva década que paradojicamenre relegaría a muchos de sus colaboradores a otras publicaciones.

Al revisar mi primer ejemplar del New Musical Express me lo encuentro hecho trizas pues recorté un montón de fotos para forrar mi carpeta del instituto. Lo compré en octubre de 1977 en la Librería Francesa de Barcelona, el precio 60 pesetas, con el solía bajar por el Paseo de Gracia y bien podía ojearlo en la librería Kansas, en el drugstore o el alguna sesión del cine Publi, todos estos lugares han desaparecido. Más tarde lo comrpraba en el primer kiosco de las Ramblas y por último ocasionalmente en la tienda de Star Records en la calle Pau Claris.















Dos extras inolvidables del NME: The Book of the Modern Music y la casette C 81 que incluía su tema Kebab Traume grabado en directo en el Electric Ballroom, 1980; como singularidad la guitarra apabullante de Wolfgang Spelmanns.