domingo, 27 de octubre de 2013

Recordando a Juan Andrés


Dios ha decidido que lo inexplicado de su creación serían esas dos cosas: la muerte y la homosexualidad.
Marguerite Duras

Han pasado tres semanas del brutal linchamiento a Juan Andrés Benítez por los mossos d'esquadra que le provocaron su muerte en la calle Aurora de El Raval y todo su entorno seguimos consternados con dolor y estupefacción ante tan grave hecho. Alertado por unas imágenes que vió mi pareja en televisión, al día siguiente acudí a las tiendas donde una vecina anciana, que estaba preocupada por el paradero de su perro Pepe, me confirmó que el fallecido era él, mientras tanto nadie de su familia había recibido ninguna comunicación de los mossos, práctica que luego hemos sabido es habitual en ellos en una multitud de casos.

El homicidio de Juan Andrés ha sido precedido por otras reveladoras actuaciones de la policía autonómica en el Raval, como la interrupción de un acto de la comunidad LGBT donde pidieron la identificación a los asistentes y otro en la calle Robadors donde dieron una brutal paliza a un músico que simplemente pidió explicaciones a su entrada, atropellos a la ciudadanía que parecen sacadas de los tiempos de las redadas de la ley de vagos y maleantes. Lamentablemente estos hechos gozaron de total impunidad y es horroroso pensar que algunos pudieran estar entre los ocho policías que intervinieron en la muerte de Juan Andrés, como se han podido ver en las terribles imágenes que tanto impacto han causado en la opinión pública, pero que por lo visto no son suficientes para destituir a su director gracias al apoyo de ERC, un peligroso signo de una Catalunya cada vez represiva en el orden público que unido a lo regresivo en áreas sociales o de cultura da un panorama preocupante. Tampoco al alcalde le parece un hecho para intervenir, allá él, solo advertirle que la marca "gay friendly" de Barcelona puede quedar internacionalmente pulverizada por lo acontecido y lejos van a quedar los días que gente como Jean Genet o Marc Almond quedaron cautivados por Barcelona, llegando incluso a vivir en ella precisamente en El Raval, bueno entonces Barrio Chino.

Me gustaría añadir algo más sobre la gran inquietud y sensibilidad que me mostró Juan Andrés en conversaciones sobre algunos de sus grupos favoritos como Cabaret Voltaire o Scritti Politti, su intención de volver a hacer de d.j., algo que hizo dos veces hace dos años, también a través de recuerdos de mi pareja que menciona emocionada su adolescencia en Sevilla cuando escenificban juntos en su casa momentos de Macbeth  grabándolos en una cassette o poniéndose luego a dibujar a su admirado David Bowie. En los años ochenta se encargaría de locales nuevaoleros como el Lamentable o La Goleta que amenizaron noches sevillanas que pronto se le quedaron pequeñas y cambió por el Londres de los primeros noventa trabajando como dependiente en una tienda de Virgin Records y donde conoció a Ernie Mason posiblemente su pareja más querida que el vih le arrebató. El ambiente creativo, multicultural y lúdico es motivó la elección de el Raval como residencia en Barcelona en el 2002.

Las emociones contenidas de estas semanas, el círculo policial, la dispar información o no-información mediática y las dramáticas imágenes parecía estar sacado del más agitado cine alemán de los años setenta especialente de Fassbinder, pero esas historias  uno nunca piensa que vaya a vivirlas, cuesta de creer que vayas en el metro y veas su foto en la portada de un periódico; quién iba a decirle a Juan Andrés que iba a ocupar tantas páginas y que la calle Consell de Cent se iba a quedar cortada a su paso por sus tiendas ante el multitudinario homenaje que le rindieron, él que tan celosamente guardaba su pequeña reseña en el Time Out londinense.

Esperando que se haga justicia, su memoria siempre pervivirá entre nosotros.

                     


     Juan Andrés Benitez en los primeros ochenta en Sevilla y varios de sus dibujos de esa época



           Happy London days. Juan Andrés junto a Ernie Mason y dos dibujos de este último.


Recogimiento en su casa y un cuadro que ocupa un lugar destacado, El Angel Inacabado de Cheity Chinook.

   Tears Run Rings by Marc Almond on Grooveshark All Tomorrows Parties by The Velvet Underground on Grooveshark
Canciones que no podían faltar

martes, 8 de octubre de 2013

Ángeles Santos y...demonios


Pocos días después de rastrear en un viaje a la pintora Delhy Tejero me entero del fallecimiento de Ángeles Santos, la última representante viva de esa generación de mujeres que como Maruja Mallo o Remedios Varó, cuyos ojos visionarios y debilidad por la pérdida de gravedad les llevó inevitablemente a la órbita surrealista, al menos en sus momentos más brillantes.

Nacida en Port Bou en 1911, la condición de hija de un funcionario de aduanas le lleva a instalarse en su juventud en Valladolid donde comienza a pintar, siendo a los 17 años que completa Un Mundo, uno de los cuadros más sorprendentes del arte español del pasado siglo que nada más darse a conocer en el Salón de Otoño de Madrid originó un gran peregrinaje de artistas hacia su domicilio familiar para conocer semejante gran artefacto (320x340 cm) y qué según ella había pintado para mandar a Marte. En la parte inferior del lienzo de manera destacada vemos a unos seres un tanto alienígenas tocando instrumentos y alrededor toda las cosmología de la autora, como por ejemplo los trenes de la estación de Portbou, cuya estación internacional se construyó el mismo año que el cuadro.

Ángeles entra en un período de máxima inspiración, pinta obsesivamente entre lecturas de poesía y toca el piano, como consecuencia pocos meses después de Un Mundo llegaría Tertulia en un estilo muy cercano a Balthus. El ambiente que le rodea sin embargo le oprime hasta tal punto que escribe a Ramón Gomez de la Serna, con quien se relacionó más abiertamente, lo siguiente: "Esta tarde me marcho a un largo paseo, me bañaré en un río con los vestidos puestos, ¡qué contenta estoy de dejar este baño civilizado en bañeras blancas! y después me iré al campo, huyendo de que me quieran convertir en un animal casero. Lamentablemente el padre decide internarla en un sanatorio mental a cuya salida le siguió un período de inactividad y después de su matrimonio un desvío de su pintura hacia un mayor formalismo.

Ha muerto a los 101 años mientras dormía, pero su espíritu pervive en la Sala 207 del Museo Reina Sofía.

                                                                     Tertulia
                                   Construcción de la estación internacional de Portbou. 1929